Un testimonio escalofriante en la noche de Tel Aviv
La nueva película de Yuval Abraham, Naza, se abre con un plano nocturno de Tel Aviv donde, en medio de la calma aparente, un miembro anónimo de los servicios de inteligencia israelíes empieza a desglosar lo que significa el término ‘naza’. Este concepto, que se refiere a los civiles que se cuentan como ‘daños colaterales’, establece el tono de un documental que no se limita a relatar la guerra, sino que se adentra en la maquinaria burocrática que permite su normalización. A través de los testimonios de veinticuatro soldados y agentes de inteligencia, la película revela el horror de una deshumanización sistemática.
La violencia como rutina
Lo más perturbador de Naza es la forma en que los entrevistados relatan sus experiencias. No hay dramatización ni música que acompañe sus palabras; solo sus voces en un fondo oscuro que acentúa la frialdad de sus descripciones. Los relatos sobre la localización de objetivos y la aceptación de víctimas civiles como meras estadísticas resultan escalofriantes. La sencillez con la que se aborda el asesinato de inocentes convierte la violencia en una tarea rutinaria. La película no busca conmover mediante imágenes explícitas, sino que nos obliga a confrontar el horror a través de la palabra, dejando que el silencio hable por sí mismo.
Tecnología y deshumanización
El uso de tecnología militar y su interacción con la inteligencia artificial emergen como temas centrales en el documental. Abraham y Szor logran plantear interrogantes sobre cómo la tecnología puede actuar como un mecanismo de decisión sobre la vida y la muerte, donde el error se convierte en una variable más dentro de una operación militar. Este enfoque despierta reflexiones inquietantes sobre la deshumanización que acompaña al uso de tales herramientas, destacando cómo la guerra se ha convertido en un proceso automatizado que desdibuja las fronteras entre lo humano y lo mecánico.
Un final que desarma
Tras ochenta minutos de testimonios y descripciones en off, Naza cierra con imágenes de Gaza que rompen la distancia que había establecido. Este final no es simplemente un recurso visual; es una confrontación brutal con la realidad que subyace tras las cifras y los procedimientos. Nos vemos obligados a enfrentar lo que significa cada ‘naza’, cada víctima, cada número que hemos aprendido a aceptar como parte de un conflicto lejano. Así, la película deja una huella imborrable que invita a reflexionar sobre la banalidad del mal en nuestra propia sociedad.
