Un thriller que se queda a medio gas
La última propuesta de Michael Showalter, ‘Verity. La sombra de un engaño’, nos sumerge en un mundo de secretos y engaños que, aunque promete, no logra sostener la tensión necesaria para un thriller de su categoría. La historia sigue a Lowen Ashleigh, interpretada por Dakota Johnson, quien es contratada para completar las novelas de Verity Crawford, encarnada por Anne Hathaway, una escritora que ha quedado incapacitada tras un accidente. La premisa es intrigante, pero a medida que avanzamos por la oscura mansión de los Crawford, la película tropieza en la ejecución.
Una atmósfera que no termina de funcionar
La mansión, con su estética cuidada y su aire inquietante, debería ser el personaje principal que sumergiera al espectador en el misterio. Sin embargo, Showalter parece más centrado en los giros argumentales que en construir una atmósfera genuinamente inquietante. Aunque hay momentos que logran captar la atención, la dirección se siente excesivamente consciente de sus propios trucos, lo que resta naturalidad a la tensión. En lugar de permitir que los secretos y la incertidumbre fluyan, cada escena parece estar diseñada para guiarnos hacia el próximo giro, lo que acaba sintiéndose artificial.
Actuaciones que no brillan lo suficiente
Las actuaciones, aunque competentes, no logran elevar la historia. Anne Hathaway, a pesar de su presencia magnética, se encuentra limitada por un guion que no le permite explorar la complejidad de su personaje. Dakota Johnson, por su parte, aporta un aire de misterio a Lowen, pero su interpretación a menudo se siente monolítica. Josh Hartnett, como el marido enigmático, aporta una ambigüedad necesaria, pero la falta de desarrollo profundo de los personajes hace que el espectador no conecte emocionalmente con ellos. La química entre los protagonistas es escasa, lo que debería ser el motor del thriller se siente más como un motor averiado.
Un entretenimiento que se queda corto
A pesar de sus deficiencias, ‘Verity. La sombra de un engaño’ tiene sus momentos de entretenimiento. Si bien la historia no es tan absorbente como podría ser, hay un cierto morbo en los giros que atrapan al espectador, aunque sea de manera efímera. El ritmo de la película, que en ocasiones se vuelve lento, podría haberse beneficiado de un impulso narrativo que mantuviera la tensión a lo largo de su duración. Al final, es una experiencia que, aunque no es un desastre completo, se siente olvidable en un género que, en su mejor versión, debería dejar al público al borde del asiento.
