Un verano sangriento y helado
La última propuesta de Eli Roth, «Dulce sabor a muerte», comienza con una premisa que podría resultar prometedora: un vendedor de helados en un tranquilo pueblo vacacional que desata instintos asesinos en los niños. Los primeros minutos son una invitación a disfrutar de la locura, con un tono desenfadado y momentos de gore que parecen abrazar la serie B con cariño. La idea de ver a pequeños convertidos en depredadores despierta una mezcla de curiosidad y morbo, y en esos instantes iniciales, la película parece tener la chispa necesaria para enganchar.
Una montaña rusa de incoherencias
A medida que avanza la trama, sin embargo, la historia se desinfla como un helado olvidado al sol. La película se convierte rápidamente en un desfile de muertes que, aunque gores son visualmente impactantes, carecen de la cohesión necesaria para mantener el interés. La narrativa se vuelve repetitiva, con un desarrollo que se siente estancado en medio de un colegio que parece un escenario de horror sin sentido. Los personajes, en su mayoría insulsos, están construidos de forma tan superficial que es difícil siquiera sentir empatía por ellos. Algunos resultan ser caricaturas de adultos ineptos, mientras que los niños asesinos no logran ser memorables por su falta de profundidad.
Gore con sabor a cartón piedra
Visualmente, «Dulce sabor a muerte» se adolece de una estética que roza lo cutre. Si bien hay un intento de capturar el encanto del terror de los 80 y 90, el resultado es un festín de efectos especiales que se sienten baratos y mal ejecutados. La mezcla de gore práctico con efectos generados por ordenador no logra convencer, dejando al espectador con una sensación de desasosiego, no por el horror que se presenta, sino por lo poco cuidado que se siente en pantalla. La violencia, lejos de ser perturbadora, se convierte en un espectáculo casi cómico, pero no en el buen sentido.
Un intento de humor que no arranca
Uno de los aspectos más discutibles es el humor que intenta introducir la película. Las bromas son en su mayoría pobres y caen en un mal gusto que se siente forzado, restando valor a cualquier intento de aligerar la trama. La falta de carisma en los personajes principales hace que las escenas más tensas carezcan de impacto, y el espectador se queda con la sensación de que el verdadero horror es haber consumido dos horas de esta película. Aunque algunos aficionados al gore puedan encontrar algo de diversión en los momentos más sangrientos, para el espectador casual, la experiencia puede resultar frustrante y decepcionante.
